DÉCADA DE LA
EDUCACIÓN PARA LA SOSTENIBILIDAD TEMAS DE ACCIÓN CLAVE

El 1 de enero de 2005 se inició el Decenio de la Educación
para el Desarrollo Sostenible, instituido por Naciones Unidas (Resolución
57/254) como un llamamiento a los educadores de todas áreas y niveles, tanto de
la educación formal (desde la Escuela Primaria a la Universidad) como informal
(museos, media...), para que contribuyamos a formar ciudadanas y ciudadanos
conscientes de los problemas socioambientales a los que se enfrenta hoy la humanidad
y preparados para participar en la toma de decisiones fundamentadas para
hacerles frente.
La necesidad de dedicar toda una década a esta tarea
responde a la constatación de la escasa efectividad que habían tenido
llamamientos precedentes, más puntuales, pese a los esfuerzos de la comunidad
científica y de la Educación Ambiental. Ello hizo ver que se precisaba una
acción intensa y continuada de formación ciudadana para vencer serias
resistencias, fruto del desconocimiento, de la inercia y de miopes intereses
particulares a corto plazo (Vilches et al., 2008). Una década aparecía así como
un tiempo mínimo para poner en marcha los cambios generalizados de actitudes y
comportamientos necesarios para hacer posible un futuro sostenible. Y aparecía,
a su vez, como un tiempo compatible con la urgencia que reclama la gravedad de
la situación. Porque, como han advertido los estudios más autorizados, como el
IV informe del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC, 2007), en
el que destaca el espacio concedido a las medidas mitigadoras, todavía estamos
a tiempo… pero es urgente actuar.
Compromiso por una
educación para la sostenibilidad

Proponemos por ello el lanzamiento de la campaña Compromiso
por una educación para la sostenibilidad. El compromiso, en primer lugar, de
incorporar a nuestras acciones educativas la atención a la situación del mundo,
promoviendo entre otros:
•Un consumo responsable,
que se ajuste a las tres R (Reducir, Reutilizar y Reciclar) y atienda a las demandas del “Comercio
justo”.
• La reivindicación e impulso de desarrollos tecnocientíficos
favorecedores de la sostenibilidad, con control social y la aplicación
sistemática del principio de precaución;.
• Acciones sociopolíticas en defensa de la solidaridad y la protección
del medio, a escala local y planetaria, que contribuyan a poner fin a los
desequilibrios insostenibles y a los conflictos asociados, con una decidida
defensa de la ampliación y generalización de los derechos humanos al conjunto
de la población mundial, sin discriminaciones de ningún tipo (étnicas, de
género…).
• La superación, en definitiva, de la defensa de los intereses y valores particulares a corto plazo y la comprensión de
que la solidaridad y la protección global de la diversidad biológica y cultural
constituyen un requisito imprescindible para una auténtica solución de los
problemas.
1. La sostenibilidad
como revolución cultural,
tecnocientífica y política

El concepto de sostenibilidad surge por vía negativa, como
resultado de los análisis de la situación del mundo, que puede describirse como
una «emergencia planetaria» (Bybee, 1991), como una situación insostenible que
amenaza gravemente el futuro de la humanidad.
La supeditación de la naturaleza a las necesidades y deseos
de los seres humanos ha sido vista siempre como signo distintivo de sociedades
avanzadas, explica Mayor Zaragoza (2000) en Un mundo nuevo. Ni siquiera se
planteaba como supeditación: la naturaleza era prácticamente ilimitada y se
podía centrar la atención en nuestras necesidades sin preocuparse por las
consecuencias ambientales y para nuestro propio futuro. El problema ni siquiera
se planteaba. Después han venido las señales de alarma de los científicos, los
estudios internacionales… pero todo eso no ha calado en la población, ni siquiera
en los responsables políticos, en los educadores, en quienes planifican y
dirigen el desarrollo industrial o la producción agrícola…
2. Educación para la
sostenibilidad

La educación para un futuro sostenible habría de apoyarse,
cabe pensar, en lo que puede resultar razonable para la mayoría, sean sus
planteamientos éticos más o menos antropocéntricos o biocéntricos. Dicho con
otras palabras: no conviene buscar otra línea de demarcación que la que separa
a quienes tienen o no una correcta percepción de los problemas y una buena
disposición para contribuir a la necesaria toma de decisiones para su solución.
Basta con ello para comprender que, por ejemplo, una adecuada educación
ambiental para el desarrollo sostenible es incompatible con una publicidad agresiva
que estimula un consumo poco inteligente; es incompatible con explicaciones
simplistas y maniqueas de las dificultades como debidas siempre a “enemigos
exteriores”; es incompatible, en particular, con el impulso de la
competitividad, entendida como contienda para lograr algo contra otros que
persiguen el mismo fin y cuyo futuro, en el mejor de los casos, no es tenido en
cuenta, lo cual resulta claramente contradictorio con las características de un
desarrollo sostenible, que ha de ser necesaria mente global y abarcar la
totalidad de nuestro pequeño planeta.
3. Crecimiento
económico y sostenibilidad

Sabemos, sin embargo, que mientras los indicadores
económicos como la producción o la inversión han sido, durante años,
sistemáticamente positivos, los indicadores ambientales resultaban cada vez más
negativos, mostrando una contaminación sin fronteras y un cambio climático que
degradan los ecosistemas y amenazan la biodiversidad y la propia supervivencia
de la especie humana. Y pronto estudios como los de Meadows sobre “Los límites
del crecimiento” (Meadows et al., 1972; Meadows, Meadows y Randers, 1992;
Meadows, Randers y Meadows, 2006) establecieron la estrecha vinculación entre
ambos indicadores, lo que cuestiona la posibilidad de un crecimiento sostenido.
El concepto de huella ecológica, que se define como el área de territorio
ecológicamente productivo necesaria para producir los recursos utilizados y
para asimilar los residuos producidos por una población dada (Novo, 2006)
permite cuantificar aproximadamente estos límites. En efecto, se estima que en
la actualidad la huella ecológica media por habitante es de 2,8 hectáreas, lo
que multiplicado por los más de 6000 millones de habitantes supera con mucho
(incluyendo los ecosistemas marinos) la superficie ecológicamente productiva o
biocapacidad de la Tierra, que apenas alcanza a ser de 1.7 hectáreas por
habitante. Puede afirmarse, pues, que, a nivel global, estamos consumiendo más
recursos y generando más residuos de los que el planeta puede generar y admitir.
El déficit ecológico viene a indicar esta diferencia entre huella ecológica y
biocapacidad. La fecundidad de estos conceptos para cuantificar los problemas
del planeta ha llevado a introducir otros más específicos como el de “huella de
carbono” para medir las emisiones de CO2 o el de “huella hídrica”, asociada al
consumo de un recurso tan esencial como el agua. Todo ello justifica que hoy
hablemos de un crecimiento insostenible. Como afirma Brown (1998) “Del mismo
modo que un cáncer que crece sin cesar destruye finalmente los sistemas que
sustentan su vida al destruir a su huésped, una economía global en continua
expansión destruye lentamente a su huésped: el ecosistema Tierra”.
4. Crecimiento
demográfico y sostenibilidad
A lo largo del siglo 20 la población se ha más que
cuadruplicado. Y aunque se ha producido un descenso en la tasa de crecimiento
de la población, ésta sigue aumentando en unos 80 millones cada año, por lo que
puede duplicarse de nuevo en pocas décadas. La Comisión Mundial del Medio Ambiente
y del Desarrollo (1988) ha señalado las consecuencias: «En muchas partes del
mundo, la población crece según tasas que los recursos ambientales disponibles
no pueden sostener, tasas que están sobrepasando todas las expectativas
razonables de mejora en materia de vivienda, atención médica, seguridad
alimentaria o suministro de energía».
Alrededor de un 40% de la producción fotosintética primaria
de los ecosistemas terrestres es usado por la especie humana cada año para,
fundamentalmente, comer, obtener madera y leña, etc. Es decir, la especie
humana está próxima a consumir tanto como el conjunto de las otras especies.
Como explicaron los expertos en sostenibilidad, en el marco
del llamado Foro de Río + 5, la actual población precisaría de los recursos de
tres Tierras (!) para alcanzar un nivel de vida semejante al de los países
desarrollados. Puede decirse, pues, que hemos superado ya la capacidad de carga
del planeta, es decir, la máxima cantidad de seres humanos que el planeta puede
mantener de forma permanente. De hecho se ha estimado en 1,7 hectáreas la
biocapacidad del planeta por cada habitante (es decir el terreno productivo
disponible para satisfacer las necesidades de cada uno de los más de 6000
millones de habitantes del planeta) mientras que en la actualidad la huella
ecológica media por habitante es de 2,8 hectáreas.
5. Tecnociencia para
la sostenibilidad
Conviene, pues, reflexionar acerca de algunas de las características fundamentales que deben poseer las medidas tecnológicas para hacer frente a la situación de emergencia planetaria. Según (Daly, 1997) es preciso que cumplan lo que denomina «principios obvios para el desarrollo sostenible»:
• Las tasas de recolección no deben superar a las de regeneración (o, para el caso de recursos no renovables, de creación de sustitutos renovables).
• Las tasas de emisión de residuos deben ser inferiores a las capacidades de asimilación de los ecosistemas a los que se emiten esos residuos.
6. Reducción de la pobreza
7. Igualdad
de género

Hablar de
igualdad de sexos o, como es más frecuentemente aceptado, de igualdad de
género, es referirse a un objetivo contra una realidad de discriminaciones y
segregación social. «Una de las más frecuentas y silenciosas formas de violación
de los derechos humanos es la violencia de género», señala el Programa de las
Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). «Éste es un problema universal, pero
para comprender mejor los patrones y sus causas, y por lo tanto eliminarlos,
conviene partir del conocimiento de las particularidades históricas y
socioculturales de cada contexto específico. Por consiguiente, es necesario
considerar qué responsabilidades y derechos ciudadanos se les reconocen a las
mujeres en cada sociedad, en comparación con los que les reconocen a los
hombres, y las pautas de relación que entre ellos se establecen.
La
enumeración de discriminaciones que hace el PNUD es interminable: «la pobreza
afecta en mayor medida a las mujeres», lo que se relaciona con «su desigualdad
en cuanto al acceso a la educación, a los recursos productivos y al control de
bienes, así como, en ocasiones, a la desigualdad de derechos en el seno de la
familia y de la sociedad». Esa discriminación va más allá de las leyes: «Allí
donde los derechos de las mujeres están reconocidos, la pobreza (con el
analfabetismo que conlleva) a menudo les impide conocer sus derechos». Por otra
parte, en los países industrializados, pese haber logrado, no hace mucho, la
igualdad legal de derechos «se sigue concediendo empleos con mayor frecuencia y
facilidad a los hombres, el salario es desigual y los papeles en función del
sexo son aún discriminatorios».
La
erradicación de la discriminación de las mujeres entronca así con los objetivos
de la educación para la sostenibilidad, de la reducción de la pobreza y, en
definitiva, de la universalización de los derechos humanos.
8. Contaminación
sin fronteras

El
problema de la contaminación es uno de los primeros que nos suele venir a la
mente cuando pensamos en la situación del mundo, puesto que la contaminación
ambiental hoy no conoce fronteras y afecta a todo el planeta.
La mayoría
de los ciudadanos percibimos ese carácter global del problema de la
contaminación; por eso nos referimos a ella como uno de los principales
problemas del planeta. Pero conviene hacer un esfuerzo por concretar y abordar
de una forma más precisa las distintas formas de contaminación y sus
consecuencias.
Todo ello
se traduce en una grave destrucción de ecosistemas (McNeill, 2003; Vilches y
Gil, 2003) y pérdidas de biodiversidad.
Por
último, nos referiremos muy brevemente a otras formas de contaminación que
suelen quedar relegadas como problemas menores, pero que son igualmente
perniciosas para los seres humanos y que deben ser también atajadas:
• la
contaminación acústica –asociada a la actividad industrial, al transporte y a
una inadecuada planificación urbanística– causa de graves trastornos físicos y
psíquicos.
• la
contaminación “lumínica” que en las ciudades, a la vez que supone un derroche
energético, afecta al reposo nocturno de los seres vivos, alterando sus ciclos
vitales, y que suprime el paisaje celeste, lo que contribuye a una
contaminación “visual” que altera y degrada el paisaje, a la que están
contribuyendo gravemente todo tipo de residuos, un entorno urbano antiestético,
etc.
• la
contaminación del espacio próximo a la Tierra con la denominada “chatarra
espacial” (miles de objetos desplazándose a enormes velocidades relativas),
cuyas consecuencias pueden ser funestas.
9. Consumo
responsable

Es preciso
evitar el consumo de productos que dañan al medio ambiente por su alto impacto
ambiental, es preciso ejercer un consumo más responsable, más basado en los
productos locales -como preconizan, por ejemplo, el “Local Food Movement” o el
movimiento “slow”- en la agricultura agroecológica, etc. Un consumo alejado de
la publicidad agresiva que nos empuja a adquirir productos inútiles o exóticos
y que a menudo se viste engañosamente de verde (incurriendo en lo que se ha
denominado “Greenwashing”).
Es
preciso, además, ajustar ese consumo a las reglas del comercio justo, que
implica producir y comprar productos con garantía de que han sido obtenidos con
procedimientos sostenibles, respetuosos con el medio y con las personas...
Corrientes como “Nueva cultura del agua”, “Nueva cultura energética”, “Nueva
cultura de la movilidad” o “Nueva cultura urbana”, expresan la necesidad y
posibilidad de estos cambios en los patrones de consumo y gestión de los
recursos. Pero aunque todo esto es necesario, no es suficiente para sentar las
bases de un futuro sostenible. Es necesario también abordar otros problemas
relacionados como el crecimiento realmente explosivo que ha experimentado en
muy pocas décadas el número de seres humanos.
10. Turismo
sostenible

El
turismo sostenible atiende a las necesidades de los turistas actuales y de las
regiones receptoras y al mismo tiempo protege y fomenta las oportunidades para
el futuro. Se concibe como una vía hacia la gestión de todos los recursos de
forma que puedan satisfacerse las necesidades económicas, sociales y estéticas,
respetando al mismo tiempo la integridad cultural, los procesos ecológicos
esenciales, la diversidad biológica y los sistemas que sostienen la vida».
Esta
definición de turismo sostenible (turismo responsable, ecoturismo, turismo
“slow”…), se ha traducido en la consideración de una serie de requisitos que la
OMT (1994) considera fundamentales para la implantación de la Agenda 21 en los
centros turísticos:
• La
minimización de los residuos.
•
Conservación y gestión de la energía.
• Gestión
del recurso agua.
• Control
de las sustancias peligrosas.
•
Transportes.
•
Planeamiento urbanístico y gestión del suelo.
•
Compromiso medioambiental de los políticos y de los ciudadanos.
• Diseño
de programas para la sostenibilidad.
•
Colaboración para el desarrollo turístico sostenible.
Se hacen
necesarias medidas efectivas para lograr que, como reclama Naciones Unidas, las
actividades turísticas se organicen «en armonía con las peculiaridades y
tradiciones de las regiones y paisajes receptores (…) de forma que se proteja
el patrimonio natural que constituyen los ecosistemas y la diversidad
biológica» (Hickman, 2007) y, habría que añadir, cultural.
11. Derechos
humanos y sostenibilidad

La
preservación sostenible de la especie humana en nuestro planeta exige la libre
participación de la ciudadanía en la toma de decisiones (lo que supone la
universalización de los Derechos humanos de primera generación) y la
satisfacción de sus necesidades básicas (Derechos de segunda generación). Pero
esta preservación aparece hoy como un derecho en sí mismo, como parte de los
llamados Derechos humanos de tercera generación, que se califican como derechos
de solidaridad «porque tienden a preservar la integridad del ente colectivo»
(Vercher, 1998) y que incluyen, de forma destacada, el derecho a un ambiente
sano, a la paz y al desarrollo para todos los pueblos y para las generaciones
futuras, integrando en éste último la dimensión cultural que supone el derecho
al patrimonio común de la humanidad. Se trata, pues, de derechos que incorporan
explícitamente el objetivo de un desarrollo sostenible:
El derecho
de todos los seres humanos a un ambiente adecuado para su salud y bienestar.
Comoafirma Vercher, la incorporación del derecho al medio ambiente saludable como
un derechohumano, esencialmente universal, responde a un hecho incuestionable:
«de continuar degradándose el medio ambiente al paso que va degradándose en la
actualidad, llegará un momento en que su mantenimiento constituirá la más
elemental cuestión de supervivencia en cualquier lugar y para todo el mundo (…)
El derecho
a la paz, lo que supone impedir que los intereses particulares (económicos,
culturales…) a corto plazo, se impongan por la fuerza a los demás, con grave
perjuicio para todos: recordemos las consecuencias de los conflictos bélicos y
de la simple preparación de los mismos, tengan o no tengan lugar: desde la
degradación ambiental (no hay nada tan contaminante y destructor de recursos
como un conflicto bélico) a los millones de refugiados, víctimas de las
guerras. El derecho a la paz ha de plantearse, claro está, a escala mundial, ya
que solo una autoridad democrática universal podrá garantizar la paz y salir al
paso de los intentos de transgredir este derecho.
El derecho
a un desarrollo sostenible, tanto económico como cultural de todos los pueblos.
Ello conlleva, por una parte, el cuestionamiento de los actuales desequilibrios
económicos, entre países y poblaciones, así como nuevos modelos y estructuras
económicas adecuadas para el logro de la sostenibilidad y, por otra, la defensa
de la etnodiversidad o diversidad cultural, como patrimonio de toda la
humanidad, y del mestizaje intercultural, contra todo tipo de racismo y de
barreras étnicas o sociales.
12. Diversidad
cultural

En el tema
de la diversidad cultural o etnodiversidad se incurre en este biologismo cuando
se afirma, como hace Clément (1999), que «El aislamiento geográfico crea la
diversidad. De un lado, la diversidad de los seres por el aislamiento
geográfico, tal es la historia natural de la naturaleza; del otro, la
diversidad de las creencias por el aislamiento cultural, tal es la historia
cultural de la naturaleza». Esa asociación entre diversidad y aislamiento es,
desde el punto de vista cultural, cuestionable: pensemos que la vivencia de la
diversidad aparece precisamente cuando se rompe el aislamiento; sin contacto
entre lugares aislados solo tenemos una pluralidad de situaciones cada una de
las cuales contiene escasa diversidad y nadie puede concebir (y, menos,
aprovechar) la riqueza que supone la diversidad del conjunto de esos lugares
aislados.
Por la
misma razón, no puede decirse que los contactos se traducen en empobrecimiento
de la diversidad cultural. Al contrario, es el aislamiento completo el que
supone falta de diversidad en cada uno de los fragmentos del planeta, y es la
puesta en contacto de esos fragmentos lo que da lugar a la diversidad. Es
necesario, pues, cuestionar el tratamiento de la diversidad cultural con los
mismos patrones que la biológica. Y ello obliga a preguntarse si la diversidad
cultural es algo tan positivo como la biodiversidad.
13. Cambio
climático: una innegable y preocupante realidad

A finales
de 1990, se celebró la Segunda Conferencia Mundial sobre el Clima, reunión
clave para que Naciones Unidas arrancara el proceso de negociación que
condujese a la elaboración de un tratado internacional sobre el clima.
Hoy, tras
décadas de estudios, no parece haber duda alguna entre los expertos acerca de
que las actividades humanas están cambiando el clima del planeta. Ésta fue,
precisamente, la conclusión de los Informes de Evaluación del Panel
Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC http://www.ipcc.ch/), organismo
creado en 1988 por la Organización Meteorológica Mundial y el Programade las Naciones
Unidas para el Medio Ambiente, con el cometido de realizar
evaluacionesperiódicas del conocimiento sobre el cambio climático y sus
consecuencias. Hasta el momento, elIPCC ha publicado cuatro informes de
Evaluación, en 1990, 1995, 2001 y 2007, dotados del máximo reconocimiento
mundial. El día 2 de febrero de 2007 se hizo público, con un notable y merecido
impacto mediático, el IV Informe de Evaluación del Panel Intergubernamental
sobre Cambio Climático (IPCC), organismo científico de Naciones Unidas.
14. Biodiversidad

La
preocupación no viene por el hecho de que desaparezca alguna especie, sino
porque se teme que estamos asistiendo a una masiva extinción (Duarte Santos,
2007) como las otras cinco que, según Lewin (1997), se han dado a lo largo de
la evolución de la vida, como la que dio lugar a la desaparición de los
dinosaurios. Y esas extinciones han constituido auténticos cataclismos. Lo que
preocupa, pues, y muy seriamente, es la posibilidad de provocar una catástrofe
que arrastre a la propia especie humana (Diamond, 2006).
Según
Delibes de Castro, «diferentes cálculos permiten estimar que se extinguen entre
diez mil y cincuenta mil especies por año. Yo suelo citar a Edward Wilson, uno
de los ‘inventores’ de la palabra biodiversidad, que dice que anualmente
desaparecen veintisiete mil especies, lo que supone setenta y dos diarias y
tres cada hora (…) una cifra fácil de retener. Eso puede representar la
pérdida, cada año, del uno por mil de todas las especies vivientes.
A ese
ritmo, en mil años no quedaría ninguna (incluidos nosotros)» (Delibes y
Delibes, 2005). En la misma dirección, Folch (1998) habla de una homeostasis
planetaria en peligro, es decir, de un equilibrio de la biosfera que puede
derrumbarse si seguimos arrancándole eslabones: «La naturaleza es diversa por
definición y por necesidad. Por eso, la biodiversidad es la mejor expresión de
su lógica y, a la par, la garantía de su éxito».
15. Urbanización
y sostenibilidad

La palabra
ciudadano se ha convertido casi en sinónimo de ser humano… hablamos de civismo,
de educar en la ciudadanía, de derechos y deberes de los ciudadanos… la
ciudadanía y, por tanto, la ciudad, aparecen como una conquista clave de los
seres humanos. Y en ese sentido, tan ciudadanos son los habitantes de una gran
ciudad como los de una pequeña población rural. Pero sabemos que la atracción
de las ciudades, del mundo urbano, sobre el mundo rural tiene razones poderosas
y en buena parte positivas. Como afirma Folch, «las poblaciones demasiado
pequeñas no tienen la masa crítica necesaria para los servicios deseables». La
educación, la sanidad, el acceso a trabajos mejor remunerados, la oferta
cultural y de ocio… todo llama hacia la ciudad en busca de un aumento de
calidad de vida.
16. Nueva
cultura del agua

El agua ha
sido considerada comúnmente como un recurso renovable, cuyo uso no se veía
limitado por el peligro de agotamiento que afecta, por ejemplo, a los
yacimientos minerales. Los textos escolares hablan, precisamente, del “ciclo
del agua” que, a través de la evaporación y la lluvia, devuelve el agua a sus
fuentes para engrosar los ríos, lagos y acuíferos subterráneos… y vuelta a
empezar.
Y ha sido
así mientras se ha mantenido un equilibrio en el que el volumen de agua
utilizada no era superior al que ese ciclo del agua reponía. Pero el consumo de
agua se ha disparado: a escala planetaria el consumo de agua potable se ha
venido doblando últimamente cada 20 años, debido a la conjunción de los excesos
de consumo de los países desarrollados (ver Consumo responsable) y del
crecimiento demográfico, con las consiguientes necesidades de alimentos.
El
problema del agua aparece así como un elemento central de la actual situación
de emergencia planetaria (Vilches y Gil, 2003) y su solución –que exige el
reconocimiento del derecho fundamental de todo ser humano a disponer de, por lo
menos, 20 litros de agua potable diarios (Bovet, 2008, pp. 52-53)– sólo puede
concebirse como parte de una reorientación global del desarrollo
tecnocientífico, de la educación ciudadana y de las medidas políticas para la
construcción de un futuro sostenible, superando la búsqueda de beneficios
particulares a corto plazo y ajustando la economía a las exigencias de la
ecología y del bienestar social global.
17. Gobernanza
universal. Medidas políticas para la sostenibilidad

Vivimos
una grave situación de emergencia planetaria que obliga a pensar en un complejo
entramado de medidas, tecnológicas, educativas y políticas, cada una de las
cuales tiene carácter de conditio sine qua non, sin que ninguna de ellas, por
sí sola, pueda resultar efectiva, pero cuya ausencia puede anular el efecto de
las que sí se apliquen: se ha comprendido, en efecto, que no basta con plantear
tecnologías para la sostenibilidad o una educación para la sostenibilidad; son
precisas igualmente medidas políticas que garanticen las auditorias
ambientales, la protección de la diversidad biológica y cultural, la promoción
de tecnologías sostenibles mediante políticas de I + D y una fiscalidad verde
que penalice los consumos y actuaciones contaminantes, etc…
Pero
tampoco basta con políticas locales o estatales; hemos de reconocer que no es
posible abordar solo localmente problemas como una contaminación sin fronteras,
el cambio climático, el agotamiento de recursos vitales, la pérdida de biodiversidad
o la reducción de la pobreza y la marginación, que afectan a todo el planeta
(Duarte, 2006).
El
concepto de gobernanza no es familiar para muchos de nosotros, pero el
Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia lo incluye, en sus últimas
ediciones, definiéndolo como
“Arte o
manera de gobernar que se propone como objetivo el logro de un desarrollo
económico, social e institucional duradero, promoviendo un sano equilibrio
entre el Estado, la sociedad civil y el mercado de la economía”. Sería
preferible, pensamos, una definición más simple y menos condicionada por
expresiones como “Estado” (¿acaso sólo se puede hablar de gobernanza en un
ámbito estatal?) o “mercado de la economía”. Bastaría, en nuestra opinión,
referirse a la gobernanza como manera de gobernar que se propone como objetivo
el logro de un futuro sostenible (o “duradero”). Lo esencial, sin embargo, más
allá de estos matices, es que este nuevo concepto supone el reconocimiento de
la necesidad de asociar la idea de desarrollo sostenible a medidas políticas, a
medidas de gobierno y, en particular, de gobernanza universal, entendida como
“Arte o manera de gobernar que se propone como objetivo el logro de un futuro
sostenible”.
19. Desertización

Conviene plantearse este proceso de degradación para
comprender la gravedad de una situación a la que hemos llegado, porque, durante
demasiado tiempo, las prioridades de los seres humanos se han centrado en lo
que podemos tomar de la naturaleza, sin preocuparnos del impacto de nuestras
acciones.
Es necesario
puntualizar, sin embargo, que esto es algo que los seres humanos, en general,
hemos hecho siempre: durante milenios hemos tomado todo lo que hemos podido de
una naturaleza que parecía ilimitada, sin preocuparnos por los efectos de
nuestras acciones. Siempre había nuevas fronteras para conquistar, nuevas
tierras vírgenes. Pero este proceso se ha acelerado tremendamente en los dos
últimos siglos y la naturaleza ha terminado por pasar factura de los excesos
cometidos con ella (Vilches y Gil, 2003).
20. Reducción de
desastres
Las tormentas, inundaciones, erupciones volcánicas, etc.,
son fenómenos que aparecen ligados a las “potentes fuerzas de la naturaleza”,
por lo que son denominados “desastres naturales”. Sin embargo, el hecho de que
dichos desastres estén experimentando un fuertísimo incremento y se hayan más
que triplicado desde los años 70 llevó a Janet Abramovitz (1999) y a muchos
otros investigadores a reconocer el papel de la acción humana en este
incremento y a hablar de “desastres antinaturales”.
21. Conflictos y
violencias

No se trata, por otro lado, de una cuestión puramente
económica: la religión, la lengua, el color de la piel… todo puede convertirse
en bandera de enfrentamientos, de defensa del “nosotros” frente al “enemigo
externo”. Hemos de ser conscientes de que el problema es complejo: quienes
destruyeron las esculturas centenarias de Buda en Afganistán no buscaban
beneficios económicos. Hay una cultura maniquea, ampliamente extendida desde
los tiempos más remotos, que nos lleva sistemáticamente a anteponer “lo
nuestro”: nuestras ideas, nuestras tradiciones… y, muy particularmente, nuestro
beneficio material, sin prestar demasiada atención a las consecuencias que para
los otros pueden tener nuestras acciones. Y ello se traduce en comportamientos
agresivos, en violencia de uno u otro tipo... y pérdidas absurdas para toda la
humanidad. Curiosamente se ha denominado globalización al proceso actual de
acumulación de beneficios por unos pocos a costa de la inmensa mayoría. Pero no
se puede aceptar que se conceda el calificativo de globalizadores,
mundialistas, a quienes sólo persiguen intereses particulares, muy a menudo a
corto plazo, aplicando políticas que perjudican a la mayoría de la población
presente y futura (ver Gobernanza universal).
REFERENCIAS:
Los trabajos son responsabilidad de los autores y su contenido no representa necesariamente la opinión de la OEI. Los Documentos de Trabajo están disponibles en formato pdf en la siguiente dirección: www.oei.es/caeu Primera versión, octubre de 2009
edita Centro de Altos Estudios Universitarios de la OEI Bravo Murillo, 38. 28015 Madrid (España) Tel.: (+34) 91 594 43 82 | Fax: (+34) 91 594 32 86 oei@oei.es | www.oei.es colabora Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) diseño y maquetación gráfica futura













